jueves, 27 de enero de 2011

El cutis: lo que absorbe, lo que expulsa, lo que expresa y lo que desea


Mucho se ha escrito acerca de las características de la piel, sus necesidades, sus problemas, así como de las maravillas de numerosos productos y técnicas que vamos descubriendo a medida que la industria de la cosmética se desarrolla y madura. Sin embargo, la nueva tendencia de este sector hacia un enfoque más ligado a la salud y el bienestar, nos hace plantearnos cuestiones que hasta ahora no parecían tan relevantes.


Una puerta de entrada

Como sabemos, la piel constituye una barrera natural del organismo a través de la cual asimilamos elementos del medio exterior. A través de ella, ingerimos substancias con diferentes finalidades: estéticas, cosméticas o de salud. Pretender que lo que untamos en ella no va a tener repercusiones a otros niveles, sólo demuestra ignorancia. Como profesionales de la estética, sabemos que a la capa media de la piel o dermis, llegan capilares sanguíneos y terminaciones nerviosas que entran en contacto con las substancias que van a parar a ella, los productos cosméticos en particular. Y que a través del sistema circulatorio, estas substancias van a llegar a órganos y tejidos. Es conveniente tener en cuenta que, a pesar de que esta asimilación es parcial y selectiva, todo aquello que esté formado de moléculas lo suficientemente pequeñas como para colarse por los poros, burlando a los centinelas cutáneos, va a navegar a lo largo y ancho de nuestro organismo, marcando su impronta a su paso. Por ello, tenemos la responsabilidad de conocer la naturaleza de los productos que prescribimos, aprender a leer su composición para identificar sus ingredientes y poder así alertar a nuestras clientas de los riesgos que comporta el no invertir en calidad a la hora de elegir productos cosméticos.


La Piel

La medicina natural determina ciertos órganos de nuestro organismo como agentes de eliminación o emuntorios, siendo la piel uno de ellos. Del mismo modo que, selectivamente, permite la absorción de determinadas substancias, ejerce también de vía de escape de esos desechos que no explusamos por otros orificios. Los diminutos poros de nuestra epidermis se abren y cierran constantemente en un esfuerzo por librarnos de aquello que nos hace mal y que no necesitamos. Por este motivo, es especialmente importante mantener la elasticidad de la piel en forma y sobretodo no ocluir los poros con substancias artificiales que impidan esta expulsión y su oxigenación. Esto se consigue asegurándonos que promovomeos hábitos de limpieza facial regular en nuestras clientas, así como el uso de productos basados en substancias naturales, como son los aceites esenciales de flores y plantas o los aceites vegetales vehiculares como el de almendras, ya que estos están compuestos por moléculas pequeñas que, como hemos dicho, penetran en la piel y no la taponan como pueden hacer las parafinas y siliconas, tan presentes en la cosmética convencional.


El lenguaje del cutis

A estas alturas de desarrollo y experiencia, está comúnmente aceptado el hecho de que nuestras emociones afectan a nuestros órganos y viceversa. Lo que culturas ancestrales siempre han mantenido, ahora la ciencia occidental corrobora cada vez más abiertamente. Y la piel, que es el órgano más grande del cuerpo, no es una excepción. Rubor, palidez, "piel de gallina" y sombras conforman un lenguaje a través del cual expresamos, inconscientemente, estados de ánimo. Pero más allá de estas reacciones más o menos espontáneas y momentáneas, el aspecto de nuestra tez es un claro indicador del estado de aquello que envuelve: nuestro cuerpo y mente. Saber leer estas señales nos otorga una información muy valiosa a la hora de determinar a quién tenemos delante y definir el enfoque y alcance de nuestros tratamientos y recomendaciones de modo que, paralelamente a saber identificar el tipo y calidad cutánea de nuestra clienta, es necesario ser capaces de interpretar aquello que la piel trata de decirnos. Para ello, disciplinas como la medicina tradicional china o la reflexoterapia facial, nos proveen de mapas y técnicas de diagnóstico que relacionan distintas partes del rostro con órganos internos, siendo importante para nosotras, profesionales, interesarnos por estos otros puntos de vista y nutrirnos de ellos.


El cuidado integral

Muy a menudo, por motivos económicos, falta de tiempo o de conocimiento, reducimos la prescripción de belleza a la recomendación de una crema de día, comprometiendo con ello la eficacia del tratamiento y desaprovechando el potencial de la venta. Asumir que nuestra clienta conoce el orden de aplicación de productos en su rutina diaria, es un error en el que incurrimos demasiadas veces. Es parte de nuestro trabajo profesional informar a cada persona sobre sus necesidades particulares, la combinación de productos para solventarlas, y su correcto uso. Y más allá de esto, es necesario también identificar las causas de estos problemas, así como definir los cuidados complementarios para un tratamiento integral y efectivo.


Las amenazas

Gran parte de los esfuerzos de la industria de la cosmética actual están dirigidos a crear productos que combatan los signos visibles del supuestamente inevitable envejecimiento de los tejidos, principalmente las líneas de expresión, más comúnmente conocidas como arrugas. Sin embargo, el paso del tiempo no es, en absoluto, el principal enemigo de la salud de la piel. Muchas personas llegan al ocaso de sus vidas luciendo un cutis hermoso y radiante, en ocasiones debido a afortunados genes, pero más a menudo como resultado de un estilo de vida que contrarresta otras circunstancias que comprometen en mayor grado el buen estado de la piel y su sana madurez. De todos es sabido los estragos que pueden causar los hábitos nocivos como el tabaquismo, un ritmo de vida acelerado, el consumo excesivo de alcohol, la alimentación descuidada o la falta de oxigenación, y la mayoría hemos experimentado alguna vez el benévolo efecto de una larga noche de sueño reparador sobre el aspecto de nuestro cutis. Paradójicamente existe todavía una laguna importante en muchos centros de belleza en cuanto a estrategias específicas para combatir estas amenazas, muchos más dañinas que el paso de los años.


Los aliados

Ciertamente, no es muy habitual que nuestra esteticista de referencia nos recuerde la importancia de beber agua para asegurar la hidratación de la piel, o nos aconseje tomar un curso de relajación que armonice nuestras expresiones. Debido a este vacío, tampoco es de extrañar que cada vez más se esté desarrollando el concepto de Spa medicinal, y estén proliferando los centro de salud y belleza combinados, en los que estos dos aspectos forman parte de un todo. Porque es evidente que tan necesario es el uso de productos cosméticos de alta calidad para curar los daños, como le es el incorporar dentro de nuestra prescripción de belleza recomendaciones sobre hábitos que promuevan una piel bella y saludable. Y es nuestra obligación como profesionales documentarnos sobre los cuidados complementarios que deben seguir nuestras clientas, con el fin de potenciar la eficacia de nuestros tratamientos, y ofrecer así un servicio que supere sus expectativas. Por otro lado, el inevitable retorno a lo natural al que nos ha llevado nuestro instinto de supervivencia como especie, no ha dejado a la industria cosmética indiferente. La naturaleza retoma su protagonismo en diversos campos como la alimentación o la medicina y, como consecuencia, en el sector de la belleza. Es imposible ignorar hoy en día la creciente demanda de tratamientos naturales y tenemos la responsabilidad de cubrir esta demanda con opciones verdaderas, huyendo de productos engañosos enmascarados por campañas de marketing. Para ello, existen en el mercado firmas que nos ofrecen calidad y garantías, y debemos aprender a identificarlas. Contemos además, por fortuna, con la ventaja de lo aprendido en el camino. Los remarcables descubrimientos científicos que ha logrado nuestra civilización no sólo legitiman y aportan luz a lo que antes era brujería, sino que multiplican el potencial innato de las substancias naturales, para nuestro disfrute. Así, la reconciliación de la ciencia y la naturaleza nos ofrece un surtido de potentes productos y tratamientos de origen natural que, unidos a un replanteamiento de nuestro estilo de vida, nos dan la oportunidad de sanar y permitir a nuestra piel realizar su máximo potencial.


La clave: la constancia

En este momento histórico de veloz desarrollo tecnológico, en que todo es rápidamente perecedero y las nuevas ideas suplantan a las anteriores antes de que estas envejezcan, supone ciertamente un reto mantenerse firme en una estrategia o decisión y perpetuarla en el tiempo. A los profesionales de nuestro sector nos bombardean constantemente con nuevos productos, modas, técnicas, aparatología e incluso teorías sobre lo que conviene o no a la piel. A menudo, apenas alcanzamos a comprobar las bondades de cierto tratamiento antes de que otro, más innovador, convierta al anterior en obsoleto. Olvidamos que la paciencia dio a luz a la ciencia, y que todo proceso necesita tiempo y constancia. En nuestra cultura de "usar y tirar", nos dejamos llevar por caprichosas tendencias, demandando resultados inmediatos sin tener en cuenta que estos no suelen ser duraderos y que acostumbran a conllevar indeseadas consecuencias y efectos rebote. Por tanto, es necesario recordar a nuestras clientas, como a nosotras mismas, la importancia de perseverar en nuestras decisiones y darle la oportunidad a los productos y estrategias elegidos de demostrarnos lo que pueden hacer por nosotras.


Porque es la amplitud de miras, el esfuerzo por ver a la persona más allá de la arruga, y en definitiva, el interés por ofrecer un mejor y más actualizado servicio que cubra las demandas vigentes y esté en línea con la realidad actual, lo que determinará, en último término, el éxito de nuestro ejercicio profesional.


Publicado en "Ventas de Perfumería y Cosmética" número 354. Octubre 2010 http://www.revistavpc.es/

domingo, 16 de enero de 2011

AROMATERAPIA: LA BASE ESENCIAL DE LA COSMETICA NATURAL


A la vez que presenciamos la reconciliación de la naturaleza con la ciencia, las nuevas tendencias cosméticas encuentran en sus orígenes naturales la clave de su eficacia.


Sabemos, a través de numerosos hallazgos arequeológicos, que Cleopatra y otras divas de la antigüedad confiaron el mantenimiento de su belleza y juventud a lociones y ungüentos hechos a base de substancias aromáticas derivadas de plantas, frutas, maderas y resinas. Y que no sólo la cosmética de pasadas civilizaciones se benefició de las plantas y sus derivados, también sus ritos funerarios y su práctica médica contaron con ellos como principales herramientas.


Cuentan, además, los libros de historia, que el arte de la destilación de aceites esenciales de distintos vegetales, supuestamente atribuible al famoso médico árabe Avicena, pasó a ser una práctica común entre los alquimistas de la Edad Media, algunas mujeres entre ellos. Así, mediante esa y otras técnicas alquímicas, numerosas mezclas y ungüentos fueron elaborados, destinados tanto a aliviar dolencias como a conservar y potenciar la belleza. Algunos textos de esa época lograron burlar el fuego de la Santa Inquisición, que arremetió contra "mujeres sabias" y otros supuestos herejes, y hoy constituyen un registro histórico del uso de la aromaterapia en la cosmética a través de los siglos.


Paralelamente a la quema de brujas, que estigmatizó las prácticas médicas caseras, el desarrollo de la química y de la medicina moderna occidentales, ya entrado el Renacimiento, enfocó sus esfuerzos en sintetizar artificialmente principios activos de similar acción a aquellos de las plantas. Como consecuencia, el uso de aceites esenciales fue quedando obsoleto y siendo relegado al ámbito de la perfumería, industria que optó también finalmente por buscar sus ingredientes en los laboratorios. No fue así en países orientales cuya práctica médica, como la Ayurveda o la Medicina Tradicional China, siguió confiando en sus preparados herbales, ininterrumpidamente hasta nuestros días.


Varios siglos pasaron hasta que en 1920 el perfumista René Maurice Gattefossé, tras experimentar en carne propia y accidentalmente la sorprendente capacidad regeneradora del aceite esencial de lavanda sobre la piel, acuñase el término "aromaterapia". A partir de entonces, el interés por los aceites esenciales resurgió de las cenizas de las hogueras medievales: estos empezaron a ser analizados bajo microscopios, y sus propiedades terapéuticas y dermatológicas explicadas en términos científicos por profesionales de bata blanca.


A partir de la segunda mitad del siglo XX, y a medida que los grandes avances médicos empezaban a revelar indeseados efectos secundarios e inefectividad ante ciertas condiciones médicas, el público empezó a buscar soluciones en otras direcciones, y se produjo el "boom" de las terapias naturales. Del mismo modo, la industria de la cosmética tuvo que empezar a responder a una demanda cada vez mayor de tratamientos de belleza ligados a la naturaleza y la salud, y la consecuencia fue la rápida proliferación de firmas de cosmética natural, o supuestamente natural.


Aloe Vera, bambú, manteca de karité, avena, miel, manzanilla, lavanda... son enunciados que vemos, envueltos en motivos florales, impresos muy a menudo en botes de champú, cremas faciales, dentífricos, cremas adelgazantes, etc. El mensaje es claro: la naturaleza nos provee de belleza.


Dejando a parte la discusión, que sería motivo de otro artículo, de cuántos de estos enunciados describen lo que de verdad hay dentro del recipiente, y cuántos son puro reclamo publicitario, lo cierto e indiscutible es que, en la actualidad, la naturaleza y la ciencia han unido sus fuerzas y resuelto sus diferencias, con el fin de proveernos de productos hechos con principios activos de primera mano, potenciados con tecnología avanzada. Por ello, no es de extrañar que aquellos libros de páginas amarillentas que no se quemaron, hayan sido desempolvados, sus fórmulas rescatadas, y sus ingredientes reconsiderados. Entre ellos, por supuesto, los aceites esenciales.


Existen, hoy en día, cientos de aceites esenciales comercializados en el mercado, extraídos de cítricos (naranja, petitgrain, pomelo), flores (lavanda, ylang-ylang, rosa, jazmín, neroli), maderas (cedro, sándalo), raíces (vetiver), semillas (anís, clavo), cortezas (canela) u hojas (menta, eucaliptus), mediante distintos métodos como la destilación, la expresión, la extracción con disolvente, o el enfleurage. Proceden de diversos países especializados en la producción de estos aceites y los hay, por supuesto, de diferentes calidades. Cada uno de ellos contiene las propiedades intrínsecas del elemento vegetal que los contiene, y difieren unos de otros pero, todos ellos, por definición, tienen acción antiséptica, y regeneradora. Esto, sumado al hecho de que estas esencias cuentan con propiedades que van más allá del efecto puramente cutáneo y cosmético, ya que tienen un efecto global u "holístico", explica su gran interés como ingredientes clave en fórmulas cosméticas.


Así, ahora que ya nadie atribuye las capacidades terapéuticas de estas esencias a esotéricas conexiones con el diablo, sino a sus componentes químicos naturales (monoterpenos, fenoles, esteres, etc.) y que el concepto de "holístico" es cada vez más aceptado entre la comunidad científica, podemos preservar la salud y belleza de nuestras pieles con cremas y emulsiones florales sin miedo a condenarnos en el fuego eterno.


Es indiscutible que la presencia de estas substancias tan preciadas ha recuperado el lugar que durante siglos ocupó, mezclada en los afeites y ungüentos de las alcobas femeninas, que se ha legitimado su eficacia, y que le ha dado un giro saludable a la cosmética moderna. Lo cual nos lleva a pensar que, ciertamente, Cleopatra no sólo era bella, sino también sabia.