sábado, 14 de mayo de 2011

Aromacosmética Alquímica


La relación ancestral entre el uso de los aceites esenciales y la ciencia Hermética, y los secretos de belleza de las mujeres alquimistas




Aromaterapia y Alquimia.

La idea que generalmente se tiene de la figura del alquimista, siempre va ligada a un caldero, alambique, ungüentos y, en algunos casos, pociones mágicas. Efectivamente, estos personajes eran popularmente conocidos por su supuesta capacidad de transformar el plomo en oro, y la posesión del elixir de la eterna juventud. Se les vinculaba, tradicionalmente con las plantas y con los minerales, particularmente la sal, el azufre y el mercurio y con misteriosos experimentos humeantes. Esta imagen del alquimista perduró durante unos siglos en la Edad Media, hasta que el auge de la ciencia en el Renacimiento, junto con el fracaso de algunos charlatanes en producir oro, y la emergencia del aspecto adivinatorio y esotérico del Tarot (vinculado a la Alquimia), propició el descrédito de esta práctica y su declive.

Sin embargo, los libros de historia revelan que la ciencia de la Alquimia fue practicada en un sentido más amplio, en las mayores civilizaciones ancestrales: algunas fuentes consideran al  Faraón Keops, el más antiguo alquimista ya que escribió el primer tratado de Alqvimia, donde se incluyen recetas de cosmética, y generalmente se atribuye a los egipcios el arte de la destilación. Los alquimistas chinos no sólo fueron los artífices de la gran invención alquímica de la pólvora, sino que contaban con misteriosos elixires para la purificación hacia un nivel superior, en su búsqueda de la inmortalidad. La práctica India Rayasana, consistía en manipular mercurio, drogas y medicinas para devolver la juventud. El griego Aristóteles, defendió la teoría de la generación espontánea, según la cual se puede crear materia a partir de la nada. Los romanos practicaban el culto religioso al hermetismo, que dio lugar en Europa a la ciencia Hermética que define la Alqvimia occidental. El mundo islámico, influenciado por la biblioteca de Alejandría y por los tratados de los alquimistas chinos, perfeccionó el arte de la destilación, e inventó la más clásica destilación alquímica: el alcohol. Hasta que en el s.X, Gerberto de Aurillac 945 – 1003, (Papa Silvestre II) introdujo la ciencia islámica en Europa, lo cual engendró lo que conocemos como la Alqvimia medieval y que dio lugar al personaje mítico del Alquimista. Entre ellos cabe destacar a Paracelso (1493-1541) nacido como Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, el cual fue el primero en usar los conocimientos en Alquimia, Astrología y Medicina para elaborar medicinas, y divulgó la espagíria: producción de medicinas a partir de plantas usando procesos alquímicos.

La relación de la Alquimia con lo que hoy conocemos como Aromaterapia viene dada principalmente, por su práctica en cuanto a destilación de esencias, lo cual constituye la sexta operación de la transformación alquímica, y a su interés por la naturaleza y el conocimiento de las plantas. Y sabemos que, tan temprano como cuarenta siglos antes de Cristo ya se usaban aceites esenciales con fines cosméticos, asociados a procedimientos alquímicos.

Finalmente, el uso en cosmética de productos elaborados con procedimientos alquímicos a base de esencias de plantas, forma una tríada que ha asociado a la cosmética, la Aromaterapia y la Alquimia hasta nuestros días.


Mujeres alquimistas.

Aunque la figura del Alquimista, como se ha descrito, es tradicionalmente masculina, el desarrollo de la práctica alquímica no ha estado exento de la presencia femenina, ni de su impronta como artífice de la misma. Si tenemos en cuenta la relación ancestral (impuesta o natural) de las mujeres con cocinas, calderas, decocciones, el fuego, la transformación de los alimentos, y el cuidado de los enfermos, no debería sorprendernos que la historia de la Alquimia esté, no tan sólo adornada o inspirada por hermosas musas, como algunos historiadores pretenden, sino parcialmente forjada por talentosas alquimistas. Efectivamente, la imagen de la “Sorror Mística”, o compañera espiritual, apoyo incondicional del alquimista, fue a lo que se intentó relegar a muchas de estas mujeres, a pesar de sus méritos propios y de su participación de igual a igual en experimentos junto con su compañero (o solas), y no como meras asistentes, como fue el caso de Perenelle Flamel (1320-1402), mujer del famoso alquimista Nicolás Flamel.

Encontramos la referencia femenina alquímica más antigua en la figura de Tapputi Belatelcallim, por el 1.200 a.c. en Babilonia. Sabemos de su existencia por una tablilla cuneiforme procedente de Mesopotamia que constituye el primer tratado de “química”, en el cual aparece su nombre. Se le atribuyen técnicas químicas para la producción de perfumes y cosméticos.

Sin embargo, una de las mujeres más conocidas en la historia de la alquimia es María la Profetisa, también conocida como María la Judía (Alejandría s.III) responsable de la invención del famoso “Baño María” y del dibikos y el tribikos, instrumentos para la destilación de esencias. Aún siendo citada por Zósimo de Panápolis en el siglo IV en su libro “Sobre la perfección” como una de los “sabios antiguos” (junto con Demócrito, Hermes e Isis, entre otros), a día de hoy se duda sobre si su existencia fue real o un simple pseudónimo de varios alquimistas hebreos. Para la posteridad quedó el escrito “Diálogo de María y Aros” sobre el Magisterio de Hermes y los principios de la Alquimia.

Contemporánea de María, pero en un aspecto más filosófico, se considera también a Hypatia de Alejandría, ducha en astronomía, y otras ciencias, como una de las primeras alquimistas por su dedicación a la labor de desvelar los secretos de la naturaleza.

Con la caída del imperio Romano en el s.V, da comienzo el Medievo en Europa, durante el cual, y hasta finales del s.XIX  la población femenina no tuvo acceso a una educación superior. Ello no impidió que algunas ejercieran como parteras, nodrizas, perfumistas, cocineras o sanadoras, y se interesasen por la ciencia alquímica, que les ofrecía remedios y recetas para sus oficios. Debido a ello, poseían cierto control sobre la sexualidad, la salud y la natalidad, control que no gustó al patriarcado de la época y que contribuyó a mandar a muchas de ellas a la hoguera.

La danesa Sophie Brahe (1556-1643), lejos del Santo Oficio, no corrió tal suerte y pudo elaborar en su laboratorio numerosos  medicamentos paracélsicos, tutelada por su hermano Tycho.

Con menos suerte, a principios del 1600 la francesa Martine Berteream, esposa del también alquimista Jean du Chaterlot fue condenada a cadena perpétua por sus “heréticos” tratados sobre el origen de las minas y la formación de los minerales. Murió en prisión en 1645.

Del mismo modo, la alquimista madrileña María Sánchez de la Rosa, a quién la Inquisición española procesó por bruja en el siglo XVII, contaba un prolífero laboratorio de ungüentos y pucheros supuestamente mágicos, entre los que destacaba una crema para quitar manchas del rostro. Junto con el contenido de su laboratorio, que fue minuciosamente inventariado, le fue confiscado un cuaderno de notas con recetas transmutatorias, así como una bolsa conteniendo un “exorcismo” extraído del escrito Flagelum Daemonum, que constituyó una prueba concluyente (para la mentalidad y creencias de la época) de su conexión con Satán.

Similar destino fue el de Anne Marie Zieglerin, (Alemania 1550 – 1575), colaboradora, junto con su marido, del alquimista Philipp Sommering, al acabar quemada viva en una silla de hierro, acusada de estafa y asesinato. Sin embargo, sus conocidos no dudaron nunca de su capacidad de convertir el plomo en oro.

Algunas de estas laboriosas mujeres dejaron valiosos escritos que todavía hoy pueden encontrarse en librerías especializadas, y que conforman un recetario, no sólo anecdótico sino de referencia, para fórmulas cosméticas.

Es el caso de Isabella Cortese. Perteneciente a la nobleza veneciana, escribió su famoso libro de secretos “I secreti” en 1561, el cual vio 12 ediciones. Este incluía recetas de cocina, metalúrgia y alquimia, y se privilegiaban las recetas alquímicas. Consta de tres apartados, el primero dedicado a remedios para dolencias, desde callos hasta sífilis, el segundo a química, fórmulas de ácido sulfúrico, y el tercero a la cosmética.

Por su parte, Marie le Jars de Gournav, 1565-1645. Escribió un prematuramente revolucionario libro titulado “Igualdad de los hombres y las mujeres” en 1622, aunque se ganó la antipatía de su entorno al presentar en los salones sus ideas sobre la Alquimia.

La obra de la condesa británica Lady Althea Howard, “Natura Exenterata” (1655) describe un remedio para la alopecia a base de abejas resecas, y un tónico energético con zumos fermentados de treinta serpientes, de la cual existen, según la Biblioteca Británica, tan sólo 14 copias, una de ellas heredada por un descendiente suyo, tras rescatarla de las llamas de un incendio.

En 1666, Marie Meurdrac, escribe lo que se considera el primer libro de química escrito por una mujer: “La Chymie charitable et Facile, en faveur des dames”. Se la considera pionera del movimiento feminista, aunque en el prólogo se “disculpa” por meterse en asuntos que no son propios de las mujeres, como es la Alqvimia. En sus escritos encontramos preparados alquímicos para la vida cotidiana, advertencias sobre la toxicidad del mercurio, una descripción detallada de aparatos, tablas de pesos y 106 símbolos alquímicos. El capítulo 6, está dedicado a los métodos para aumentar la belleza, entre los cuales describe la famosa Agua de la Reina de Hungría.


La práctica de la Alqvimia vio un claro declive a finales del siglo XVII, y un también evidente resurgimiento en el siglo XX, en el cual las mujeres, con una consideración social más aventajada que la de sus antecesoras, retomaron su participación.

Así, Irene Hiller Erlanger escribe en 1919 su libro “Voyage en Kaléidoskope”, en el cual describe un termómetro para medir la naturaleza del universo.


Aromaterapia y cosmética hoy.

Desde que en 1920 el químico francés Renée Gatefossé curara las quemaduras de sus manos con aceite esencial de lavanda y, a raíz de observar las propiedades de este aceite, acuñara el término Aromaterapia, el camino de las esencias volvió a acercarse al de la salud y, paralelamente, al de la cosmética.

Discípula de Gatefossé, y como si de una mujer alquímica más se tratase, Marguerite Maury (1895 – 1968), estableció una relación entre la Aromaterapia y la cosmetología al servicio de la salud en sus dos libros: “Tratado de Aromaterapia” 1955 y “Método de rejuvenecimiento mediante aromas y perfumes” 1961. Con el lema de “no queremos agregar años a nuestra vida, sino vida a nuestros años” dedicó sus esfuerzos a investigar y divulgar la eficacia de los aceites esenciales en su uso cosmético o terapéutico, la cual depende, según su criterio, de la pureza y calidad de los aceites. Experimentó acerca de la penetración de los mismos a través de la piel, y de la sinergia entre ambos, además de constatar que la aplicación tópica era más segura que la ingesta o la inhalación de las esencias. Divulgó la práctica de masajear diversos centros nerviosos de la columna y se la considera la primera en practicar la Aromaterapia holística.

A partir de ahí, y siguiendo la estela de la proliferación de las terapias naturales, la cosmética natural ha recuperado, como derecho propio, el uso de los aceites esenciales, debido a sus propiedades medicinales, dentro de las cuales contamos con grandes beneficios para la piel. Prueba de ello es el surgimiento de numerosas firmas cosméticas que incluyen en sus fórmulas (en mayor o menor medida y calidad) los aceites esenciales.

Como ya sabían las antiguas alquimistas, y la ciencia ha constatado ahora, los componentes de los aceites esenciales, y sus propiedades constituyen valiosos aliados en la preservación y mejora de la salud y la belleza. El “alma” de las plantas que constituyen las moléculas que forman los aceites esenciales, tales como aldehídos, esteres, etc. sirven a la piel de manera similar en que sirven a la planta que los contiene: protegen contra gérmenes, por su acción antiséptica, ayudan a eliminar deshechos metabólicos, promueven la absorción de substancias beneficiosas, además de contribuir a la regeneración de los tejidos por su acción citofiláctica.
Procedentes de un solo origen vegetal y con la característica de ser aromáticos, extraemos aceites esenciales de diferentes partes de las plantas, como son las raíces, las hojas, las flores, o la madera, otorgando a las esencias las propiedades que caracterizan a la planta. Un estudio cromatográfico es la manera más fidedigna de valorar la composición de un aceite esencial, una vez extraído, para conocer su contenido en los diferentes componentes. Cada componente está dotado de propiedades, siendo la combinación de componentes lo que determinará las características del aceite.

Así, por ejemplo, el aceite esencial del Árbol del Té, con una alta concentración de alcoholes, con efecto estimulante y altamente antiséptico, ejerce una acción tónica sobre el organismo, a la vez que es el mejor aliado frente a infecciones.

Por contra, el aceite esencial de Lemongrass es rico en aldehídos los cuales le otorgan una acción más calmante, siendo además altamente reafirmante.

Y el más sublime de los aceites, el aceite esencial de Rosa Búlgara tiene una compleja composición, con más de trescientos componentes, algunos de los cuales están por identificar. La presencia de fitohormonas en este aceite contribuye a la regulación del sistema hormonal femenino, a la vez que lo convierte en un gran regenerador.

La aplicación de estas substancias sobre la piel se hace mediante un portador, siendo el más indicado un aceite vegetal como el de almendras, germen de trigo o hipérico, que permita la absorción del aceite, a la vez de hidratar y proteger la piel. Cuando el portador tiene una composición molecular que no permite la absorción (como es el caso de los aceites minerales, entiéndase parafinas y siliconas), los aceites esenciales tienen dificultad en llegar a la dermis, por lo que el organismo no se beneficia tanto de ellos. Por ello no es suficiente con que un producto cosmético contenga aceites esenciales, sino que deben hallarse en un medio que permita su total absorción, en otras palabras, en una substancia vegetal.


Aromacosmética Alquímica.

Este divulgado uso de los aceites esenciales en tratamientos estéticos, nos hace hablar actualmente de “Aromacosmética”, dentro del marco de la Aromaterpia, como una especialización de la misma.

Este concepto concreta el uso de esos poderosos elixires para el objetivo último de favorecer la belleza, en el sentido más amplio de la palabra, incluyendo las diferentes dimensiones de los aceites que, por definición, tienen un efecto tanto en el cuerpo físico como en el sistema nervioso y, en último término, a un nivel espiritual. Ello es debido a que, por una parte, cuando un aceite esencial penetra en la capa media de la piel o dermis, se encuentra con capilares sanguíneos, a través de los cuales navega a lo largo y ancho del organismo afectando no sólo a la piel sino a órganos internos. Por otra parte, también se encuentra con terminaciones nerviosas, las cuales son influidas por la composición de los aceites, afectando esto a nuestro sistema nervioso central, a nuestras emociones. Y finalmente, debido a la elevada frecuencia de estas esencias, nuestra frecuencia o nivel energético y espiritual, también se ve afectado.

Y es en este punto donde la Aromaterapia, la Cosmética y la Alquimia se reúnen de nuevo.

Más allá de su vinculación con los aspectos prácticos de la transformación de la materia, numerosos escritos describen la Alqvimia como una ciencia espiritual de transmutación, en la que el alquimista mismo debe purificarse para conseguir, en último término, el oro de la iluminación. La piedra filosofal no es más, según este punto de vista, que el conocimiento necesario para el perfeccionamiento espiritual. Y, en cualquier caso, hay un interés por entender la quintaesencia, y por el crecimiento personal. No es de extrañar que Carl Jung, discípulo de Freud, se interesase, en el siglo XX, por los símbolos alquímicos, los cuales asociaba al significado de los sueños, y a través de los cuales se puede ayudar a transmutar viejos traumas en aprendizajes, como plomo en oro.

Así, la Aromaterapia Alquímica nos ofrece la oportunidad de transformar nuestra piel en la mejor versión de ella misma, con un efecto positivo en nuestros órganos, nuestro estado de ánimo y nuestras emociones, y para lograr la verdadera fuente de la belleza que no es otra que la luz interior.