domingo, 30 de septiembre de 2012

Reflexoterapia: antes, hoy y siempre

No podía dejar terminar la semana mundial de la Reflexoterapia sin dedicarle un post aquí en el blog del T.A.O., pues de todas las formas terapéuticas que estudio y practico, esta es la que lleva más tiempo conmigo, o yo con ella, según se mire, y aun así continua fascinándome.

Entró en mi vida como asignatura trimestral dentro de un curso introductorio de Naturopatía, y a priori no me entusiasmaba demasiado la idea de manosearle los pies al personal. Sin embargo, al poco de empezar a explorarla y descubrir todo lo que se podía llegar a saber del presente, pasado y futuro de una persona a través de sus pies, así como sus posibilidades terapéuticas de una manera tan sencilla, me entusiasmé con ella y ya no nos hemos separado.


Ciertamente, como bien sabían los egipcios, los chinos, los hindúes y los indios americanos desde hace milenios, con los pies también podemos andar hacia la sanación pues en ellos está reflejada toda  nuestra anatomía corporal, y estos reflejos, si se estimulan, promueven la regeneración y recuperación de su órgano asociado. Sólo que nosotros, en occidente, sólo vinimos a descubrir esto a raíz de las teorías del Dr. Fitzgeral a principios del siglo XX. Por ello, nuestra forma de terapéutica podal no está basada en las técnicas de esas otras culturas ancestrales, sino en los descubrimientos en el campo de la neurología de científicos americanos y eurpeos más contemporáneos, aunque al fin y al cabo, hemos llegado a las mismas conclusiones por diferentes caminos.

A pesar de que una de las promotoras de la Reflexoterapia, la alemana Anne Maquard, decidiese que, al menos en su país, esta terapéutica debía ser sólo practicada por profesionales de la salud como médicos y enfermeras, Eunice Ingham, anterior a Maquard y considerada como la madre de la Reflexoterapia, estipuló my explícitamente cuando desarrolló el primer mapa de los pies y dio nombre a este tipo de terapia, que esta podía y debía ser practicada por el pueblo llano, como forma de sanación doméstica. Pero ya sabemos lo que sucede cuando se le devuelve al pueblo el control sobre su salud, que algunos sectores se ponen nerviosos, pues salud es poder, y enfermedad equivale a venta de fármacos. Quizás por ello la Reflexoterapia (del mismo modo que sucece con otras terapias naturales) haya sido relegada y mantenida, en nuestras latitudes, en esa franja de alegalidad y descrédito.

Pero en estos tiempos de recesión económica, recortes sanitarios, e insatisfacción con un sistema de salud que nos proporciona una vida más larga pero de peor calidad, la Reflexoterapia, junto con sus compañeras de batalla las otras terapias holísticas, nos ofrece una alternativa sencilla y muy agradable para el cuidado a largo plazo de nuestro bienestar. Por ello, personalmente creo que es parte de nuestro trabajo como terapeutas el promover estas terapias y acercarlas a la población como forma de recuperar el control sobre nuestro estado vital, y dejar de entender la salud como un lujo comercializado por ciertos sectores bajo cuestionables motivaciones, sino como un ingrediente indispensable pero asequible que nos ayude a ser más libres y más felices.



sábado, 8 de septiembre de 2012

Stevia: la revolución dulce y sana


Imaginemos un mundo ideal en el que comer dulces no engordase, ni subiese los índices de azúcar en la sangre, ni tuviese riesgos cardiovasculares, ni provocase caries, ni crease adicción, ni… bueno podría seguir arremetiendo contra las maldades del azúcar pero no lo haré, pues ese mundo ideal dulce y sano a la vez, ha llegado.

Y podría haber llegado mucho antes, de no ser por los bloqueos legales y comerciales que ha sufrido la Stevia Rebaudiana Bertoni, o Estevia, desde que fuera descubierta por el botánico español Pedro Jaime Esteve en el siglo XVI, descrita científicamente por el naturalista suizo Moisés Bertoni a finales del siglo XIX, y analizada clínicamente por el químico paraguayo Ovidio Rebaudi en el 1900.

Pues este arbusto nativo de la Sudamérica tropical, lleva endulzando saludablemente el mate de los indios guaraníes de Paraguay, sur de Brasil y norte de Argentina durante siglos. Sólo que en occidente, su alto poder endulzante (300 veces más que el azúcar) y sus indicaciones anti-diabéticas provocaron un lobby corporativo por parte de multinacionales de edulcorantes y farmacéuticas, que no estaban dispuestas a ver peligrar sus negocios por causa de la “hierba dulce” o Ka'a He'ê. 

Así que después de que la Cocacola y Cargill se hiciesen con 24 patentes relacionadas con la planta para asegurarse su monopolio, y de que algunos ex cargos de la FDA (que prohibió su uso durante años) se beneficiasen durante un tiempo de tal prohibición pasando a formar parte de la una multinacional de endulzantes, por fin, desde el 2008 en EEUU y desde diciembre del 2011 en Europa, podemos disfrutar de la Estevia en nuestras mesas, gracias en gran parte a campañas encabezadas por la Asociación Europea de la Estevia (EUSTAS) y por el agricultor Josep Pàmies, creador de la asociación “La Dolça Revolució”.

Se puede cultivar en casa, pero comercialmente la encontramos en forma de polvo blanco, líquida, o en hojas secas. No sólo se usa como endulzante sino en infusión también pues cuenta con múltiples propiedades: es anti-oxidante, por lo que tiene un efecto anti-envejecimiento, cardiotónica y protectora cardiovascular, baja la tensión, es diurética, ayuda a combatir el ácido úrico, y es también antiviral y bactericida. Además, la planta restaura el suelo donde se cultiva, y sus residuos fermentados se usan para regenerar terrenos contaminados por la sobreexplotación agrícola.

Aunque está exenta de vitaminas, contiene proteínas, fibra, fósforo, calcio, potasio, zinc, hierro, manganeso y cobalto. No se procesa por el hígado, no aumenta la glucémia (por lo que es apta para diabéticos), no tiene peligro de sobredosis y no es oxidativa ni cancerígena, a diferencia de otros endulzantes artificiales.

Con todo este coctel de virtudes, y ahora que por fin se libró de sus verdugos y vio la luz, la Estevia nos da la oportunidad de acaramelar nuestras vidas sin el yugo de la culpa, y que, ahora sí, a nadie le amargue un dulce.